Campus Intergeneracional

España prepara el 'boom' de los centros intergeneracionales: mayores y niños que se hacen bien

Las residencias con escuela aportan beneficios a las dos generaciones:una inyección de salud para los mayores y muchas buenas lecciones para los niños. El cariño circula en ambos sentidos.

No hay más que ver lo que pasa cuando un niño llega a una residencia para visitar a un familiar; las personas mayores se vuelcan con él, sonríen de pronto, le dan galletas, caramelos... buscan el contacto. Y el niño muchas veces encuentra entre ellos algún colega de juegos al que poder llamar abuelo, abuela... Además de aprender que esto, las sillas de ruedas, los olvidos frecuentes, los problemas para hablar, esto también es envejecer, y no solo los idílicos viajes con el IMSERSO. Ya lo cantaba Silvio Rodríguez en 'Generaciones' (Un viejo y un niño desnudos se ven / jugando en la arena en la orilla del mar / el viejo es muy viejo su barba es azul / el niño es muy niño su risa está intacta aún / y juegan al mundo, a la historia, a la vida / común común).

 

Siempre se ha sabido que el contacto entre diferentes generaciones resulta enriquecedor, por la transmisión de conocimientos y experiencias que se produce. Algo que tradicionalmente se ha dado en el ámbito familiar, pero los cambios en la sociedad hacen que este escenario sea a veces inexistente. Personas mayores sin familia o viviendo en residencias donde la mayor parte de sus relaciones diarias son con coetáneos; jóvenes y niños que no tienen ningún contacto con otros mayores que no sean sus abuelos, y a veces ni eso, sin posibilidad de acceder a todo un mundo de historias, de conocimientos...

Hace 40 años que los Estudios Intergeneracionales analizan esta cuestión para intentar aprovechar los beneficios que la relación entre personas de distintos segmentos de edad otorga a ambas partes, que no son pocos. Por poner un par de ejemplos: está comprobado que el que una persona mayor tenga una mejor imagen de sí misma y de su envejecimiento puede otorgarle hasta siete años más de vida. Esto es, entre otras cosas, lo que tratan de lograr centros intergeneracionales como las residencias con escuela o guardería integrada, donde los mayores pueden tener, si así lo desean, un contacto diario con niños que les haga sentir que aún son personas útiles y necesarias, y no lo que los estereotipos negativos dicen de ellas. Por otro lado, según los expertos, es un hecho que estos pequeños crecen sin los prejuicios que muchos tienen hacia los mayores y que aprenden a ver de forma más natural el proceso de envejecimiento. El de los demás y el suyo propio.

Así que mientras lo habitual es enviar a los niños a estudiar con niños, a los jóvenes a que se diviertan en las casas de juventud y a los mayores a los centros de jubilados, hay algunas cabezas que se han rebelado ante estas ideas preconcebidas. Y aunque la mayor parte de las iniciativas van dirigidas a aprovechar la simbiosis entre las dos generaciones más extremas, la de los mayores con los niños, no son las únicas; hay mayores que acuden periódicamente a las cárceles a enseñar nuevas tecnologías a los internos, universitarios que conviven durante el curso escolar con jubilados, mayores de 55 que acompañan a adolescentes y les ayudan para que no abandonen los estudios...

En Estados Unidos echó a andar en 1990 uno de los primeros centros intergeneracionales del mundo, One Generation, en la localidad de Van Nuys (California). Nació cuando a alguien se le ocurrió la genial idea de 'emparejar' a algunas personas de su centro de día con niños de una escuela cercana, como si les regalaran de repente un abuelo. Tres décadas después, más de un centenar de mayores y niños menores de 6 años acuden a diario a este centro que es un espejo donde mirarse.

«Aunque tampoco es cuestión de edulcorar algo que no deja de ser una relación interpersonal donde pueden surgir sus más y sus menos, igual que en la familia, que es, por cierto, el primer espacio intergeneracional», advierte Mariano Sánchez, profesor de Sociología en la Universidad de Granada que dirige una recién creada cátedra (junto a la corporación de residencias y escuelas infantiles Macrosad) dedicada a fomentar y compartir conocimientos sobre los Estudios Intergeneracionales, materia en la que es uno de los mayores expertos mundiales. «En este tipo de centros, la primera regla de oro es que no a todas las personas les gusta estar con grupos de gente de otra edad, así que las actividades conjuntas deben ser siempre voluntarias».

Dicho esto, Sánchez procede a comentar los pros de estas iniciativas, citando para ello un colegio de Primaria de Ohio (EE UU) en el que desde el año 2000 alumnos de diversa procedencia étnica reciben la visita y la ayuda diaria de personas mayores de 60 «muy comprometidas» que hacen de tutores, mentores y coaprendices. «Los mayores mejoran su autoestima y confianza, lo que da más sentido a sus vidas, y consideran que dejan un legado. Además, aumentan su contacto intergeneracional, algo muy positivo porque así puede mejorar la imagen que tienen de su envejecimiento y, con ello, alargan su longevidad». Los alumnos también se benefician: leer a diario con una de estas personas eleva su capacidad lectora. Además, están a la cabeza de los de Ohio en matemáticas y escritura, con un sobresaliente de media. «Y tienen una percepción de la vejez más positiva», añade el experto.

Desconfianza de los padres
España cuenta con experiencias que pueden aportar pistas sobre lo que significa un proyecto intergeneracional que junta a ambas partes en actividades a lo largo del año. Incluso cuenta con un centro mucho más comprometido, pues supone integrarlas bajo el mismo techo cada día: la residencia Orpea, en Meco (Madrid), que desde hace 15 años acoge también una escuela para niños menores de 3 años que se encuentra a poca distancia de las salas de terapia y fisioterapia, la enfermería... Cada crío está 'emparejado' con un mayor, y las actividades se llevan a cabo dentro y fuera del centro: salidas al parque, a la biblioteca, concursos de canciones, juegos, actividades plásticas, plantaciones en el jardín...

Una de sus terapeutas, Eva del Toro, explica que «es curioso ver a los residentes apáticos y con poca iniciativa antes de las actividades con los niños. Pero en cuanto comienzan ríen mucho más, son más expresivos, la fluidez verbal aumenta e interactúan más entre ellos». En un vídeo de la entidad es posible comprobar cómo uno de los residentes, Sebastián, con cierto deterioro cognitivo y el lenguaje afectado por una afasia, se mantiene al margen de la actividad, malhumorado, hasta que un niño de dos años disfrazado de vampiro se le acerca y le da la mano. Él le estampa un gran beso y se levanta para ir con él. Habla la madre del niño: «Mi hijo siempre está hablando de su amigo Sebas, Sebas, y quiere ir con él a todas partes».

Aunque no deja de ser cierto que muchas personas intentan que sus pequeños no vayan a las residencias para no que no vean la decadencia, o que cada vez que una persona mayor se acerca a su niño para tocarle o besarle se echan a temblar. Así las cosas, no es desacertado pensar que habrá padres a los que ni se les pasaría por la cabeza dejar a sus bebés en un centro donde a diario convivirán con ellas. «Hablamos mucho de discriminación por sexo, pero no de la discriminación por edad. ¿Por qué segregar por edad?», se pregunta Andrés Rodríguez, director de Macrosad, cooperativa fundada en 1994 que ofrece servicios de educación, cuidados y recuperación en la infancia y vejez y que ha hecho una apuesta decidida por la cuestión intergeneracional. «El mayor se percibe a sí mismo como útil y sabio, mientras que los demás le ven como pesado y repetitivo –añade Rodríguez–. El contacto, el acercamiento acaba con esos prejuicios, con ese sesgo, y si a los padres les explicas los beneficios que aportará a sus hijos traerles a un centro así desde edad temprana, que tendrán más herramientas para afrontar la vejez, la muerte, que tratarán mejor a las personas mayores... Lo entienden».

Macrosad lleva 15 años fomentando las actividades entre las personas de sus residencias y escuelas, pero ahora están a punto de abrir, en septiembre, el primer centro intergeneracional de Andalucía, en Albolote (Granada): «40 plazas de centro de día y 74 para niños menores de 3 años, con 17 empleos. Dos zonas diferenciadas y una en común para actividades conjuntas. Imagina a un niño con un mayor pintando juntos 'Los girasoles' de Van Gogh... El estado de felicidad es altísimo cuando uno trata con su opuesto generacional», advierte Rodríguez. Y anuncia que esto está por explotar aún, «cuando el tema del envejecimiento empieza a preocupar en toda Europa, viendo cómo se está produciendo cada vez más en soledad...».

Lo confirma el profesor Mariano Sánchez: «España está a punto de vivir un 'boom' de los centros intergeneracionales; no es que no haya, hay y bastantes, aunque lo que hay no se conoce demasiado y hasta ahora no se ha hecho de una forma generalizada. Pero podemos esperar un 'tsunami' en los próximos años». Como muestra del interés que despierta y despertará la idea, hay ya listo un programa de televisión que seguirá el día a día de la convivencia entre niños y mayores en uno de estos centros, aunque los detalles permanecen aún en secreto.

Hay otras modalidades, como los proyectos o programas que juntan en actividades a personas que no están a diario conviviendo. Es el caso de los campamentos de verano de una semana que desde hace años organiza en Navarra la red de residencias Amavir: talleres de risoterapia y cocina, lectura de periódicos, festival de canciones, bingo, hinchables en el patio y toros de agua...

«La realidad de la vida»
Olaia Arbizu es la directora de una de ellas, en la localidad de Argaray: «Es enriquecedor y desbanca la idea del asilo, el miedo a venir a una residencia. Nos tendremos que acostumbrar, porque es donde acabaremos muchos. Si desde pequeño lo vemos como algo normal lo vives con normalidad, no como un duelo. Los padres no deberían temer esto, los mayores no transmiten enfermedades, es peor un centro comercial. Claro que los mayores son dados a tocar, a besar, a dar cariño... Hasta eso se está perdiendo. Para ellos esto es aire fresco, salir de la rutina, la sonrisa por la sonrisa, especialmente para los que no tienen visitas».

El campus recibe a 15 niños de 6 a 12 años, entre ellos los hijos gemelos de Arbizu, Iker y Ander Muiño, de 9 años, que van «encantados. Este será su tercer año. Teniendo en cuenta que sus abuelos son aún muy jóvenes, aquí tienen contacto con personas mucho mayores. Y ellos, que están todo el día con el fútbol, llegan aquí y solo preguntan por su mejor amigo, Juan Bautista». Los gemelos lo corroboran: «Nos da caramelos», dice uno. «Y cariño, es muy majo», añade el otro. «Jugamos con ellos a los bolos, al toro de agua, al bingo... Nos gusta mucho ir al campamento».

Carmen Moracho es una de las residentes allí, 80 años y de Tudela: «Murió mi marido y perdí la cabeza... Y pensé que lo mejor era venir a una residencia. Tengo ocho hijos y muchos nietos, pero no quiero dar guerra, aquí estoy bien. Cuando vienen los niños al campamento dan mucha alegría, sobre todo a los que están solos. Lo agradecen mucho. Y pensando en los niños... Les viene bien ver la realidad de la vida».

Transfusión de vidaLas residencias con escuela aportan beneficios a las dos generaciones: una inyección de salud para los mayores y muchas buenas lecciones para los niños. El cariño circula en ambos sentidos.

Se recomienda la lectura del documento "Transfusión de Vida".

Fuente: ideal.es